Me di cuenta de que mi búlgaro había mejorado cuando la abuelita que compartía cuarto conmigo me invitó a su casa a comer pescados del Danubio.
Las dos coincidimos en el hospital por unas “pequeñas cuestiones quirúrgicas”, pero creo que Julia se ganó la medalla de tipa fuerte cuando, con sus 77 años, se levantó el mismo día de su procedimiento para ir al baño sola. Las abuelas búlgaras están hechas, igual que las cubanas, de un material diferente.
La primera noche éramos tres en la habitación: otra señora mayor, a la que no le puedo decir “baba” porque casi que era la reina Isabel en versión eslava (pijama de seda, voz de aristócrata, dignidad de joyero real), Julia y yo.
Todas con más pinchazos en los brazos que el colador de mi cocina y con más hambre que un estudiante de primer año.
La cosa es que, cuando me hicieron la primera pregunta, me quedé tiesa: ahora sé que me estaban preguntando qué cirugía me iban a hacer, pero cuando dos abuelas te hablan a velocidad bala en cirílico, una, que tiene el nivel de búlgaro de una niña de primer grado, entra en pánico. Menos mal que la doctora hizo de traductora, diplomática y terapeuta emocional.
En fin: mi posición como agente extranjero quedó establecida desde el minuto uno, y esa primera noche dormí sin interrogatorio de tercer grado.
El segundo día, sin embargo, cuando me llevaron en camilla a quitarme un órgano (sí, ya saben, modo drama queen activado), las dos me despidieron con varios “Успех” y “късмет”. Fue como tener a dos hadas madrinas balcánicas, solo que sin varitas.
Regresé grogui de la anestesia y, cuando abrí los ojos, la reina Isabel ya tenía el alta. Solo quedaba Julia, con su pijama azul de estrellitas.
Y entonces, sin poder moverme y con una manguerita saliéndome del costado, empezaron las preguntas. Que mi búlgaro estuviera cojo no era impedimento para la baba. Julia tenía una misión, y esa misión era: hablar.
Gracias a la prohibición de comida logramos comunicarnos: el hambre une más que cualquier diccionario.
Me contó que vivía sola en Lom, que soñaba con comer banitsa, que su hija había hecho su vida en Italia y que su esposo ya no estaba. Y ojo, todo esto EN BÚLGARO. Pausa dramática para aplaudirme yo misma.
Compartió conmigo truquitos de cocina y se ponía contenta cada vez que “mi esposo” aparecía en la puerta. La primera vez que me llevó sopa me preguntó que quién lo había entrenado, y cuando le dije: “no sé, así lo encontré yo”, me guiñó el ojo con un:
“Много си хитра.”
Y miren: no hace falta saber búlgaro para entender lo que estaba diciendo (pilla y bien).
El día que me dieron el alta, insistió en intercambiar teléfonos y me dijo que me iba a extrañar, que tenía que visitarla y que me iba a cocinar un musaka auténtico cuando fuera a verla.
Y por eso estoy aquí, escribiendo.
Mientras espero que me quiten los puntos, ya estoy planeando mi excursión a Lom.
Las abuelitas siempre han sido mi punto débil.
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