Cuando me escribió diciéndome que revisara el gmail se me hizo un nudo en la garganta… sus correos siempre despiertan emociones. Esta vez, para no romper con la tradición, sus letras me dejaron los ojos llenos de esa sustancia milagrosa que se llama alma… o lágrimas. Todo depende de quien las invoque.
Un cuento fue su regalo. Sus Armas, las que carga su apellido, son estas.
Drume negrita
(por Jorge de Armas)
Hablar de quedarse, es hablar de irse.
Y de pronto te ves, lejos, sin nadie, afuera llueve y hace frío, y te das cuenta que no hay a quién llamar, y que tus costumbres ya no te definen. Desacostumbrarte, he ahí, quizás, lo más duro de no estar.
Me gusta decir que no me fui, o que no me quedé, me enamoro a mi mismo con la idea de que no estoy. De esa manera nunca le cerré la puerta al regreso. Donde estoy, estoy de pasada.
El denominador común de la nostalgia te ataca en las primeras semanas lejos de casa. Aparece alguien, un cualquiera, que te dice “tienes que conocer a Fulano, es cubano, como tú”
Y simplemente por eso, porque es cubano, como tú, vas y lo conoces, y ese cubano, intenta por todos lo medios justificar en ti sus propias decisiones, te cuenta la vida y milagros de la supervivencia, su antes y después, su verdad y su mentira, sin comprender que tú no estás en la capacidad de entender nada, todo obedece a sus decisiones, no a las tuyas.
En un frío y húmedo invierno en Santiago de Compostela, conocí yo a Charly, mi cubano. Y Charly, nada más que un cubano regular, se inventó que hablaba cinco idiomas, sin posibilidad alguna de permiso de trabajo se embarcó en una huelga de hambre en la Plaza de Rosalía de Castro, y consiguió un trabajo en el restaurante “O Sixto” limpiando pescado, luego fue pandero, vendedor de calcomanías, y por ahí le perdí la pista.
Pero Charly me presentó a Ernesto, un gallego venezolano medio poeta, medio bohemio, que me abrió las puertas del Santiago cultural, de trovadores y poetas, de cuenta cuentos y nocturnos. Su novia, Paloma, además de trabajar en un bar, cantaba como una meiga, y tenía el hablar gallego suave, casi como recitando cada vez que conversaba.
Con ellos conocí la música gallega, tradicional y moderna, la fusión, el respeto a la tradición, el respeto a la Patria. Con ellos empecé a entender porque yo mismo pensaba diferente, ellos me trajeron de vuelta a Severino, mi abuelo, por el cual llevo, con mucho orgullo, un segundo nombre. Ellos hicieron que amara a Galicia, y además, me devolvieron, de la manera más hermosa, un viernes de primavera, mi cubanía.
Por eso de que los hombres son absurdos por definición, la Xunta decidió que los bares y garitos de Santiago cerrarán el viernes a las tres de la mañana. Paloma, en el bar que trabajaba y cantaba, se rodeaba de otros cantores y poetas, y siempre, aún cerrado el bar, descargábamos hasta que la mañana nos sorprendía sin sueño.
Ese viernes, quizás por la nostalgia, quizás por la “descostumbre”, con una Estrella Galicia en mano, y alguna pena contenida, triste, escuchando sin hablar, dejaba que pasara la noche.
Me presentan a Manolo, un gallego dulce y perspicaz que acaba de regresar de Cuba, con la misma típica introducción: “este es Manolo, acaba de regresar de Cuba, de dónde eres tú”
Manolo regresaba de aprender algo de música cubana, de mezclarse en cuanto bailable encontró, en cuanto concierto arrimó, en cuanto ruido con ritmo escuchó. Nos reímos un poco, y todo quedó ahí.
Empezó la descarga, Manolo agarró la guitarra y deslizo en acordes con dejo bossa nova, la más impactante versión de Drume Negrita que jamás escuché, así, sin anunciarla, cantó y por la necesidad del mí mismo que me faltaba, conteniendo el alma en lágrimas, me pudo la emoción.
Y Manolo, quien con el tiempo se hizo amigo de mil vidas, terminó su nana milagrosa y dijo “porque hay un cubano entre nosotros y no tenemos nada más que darle que un pedacito de su música”
Ya de antes mi abuela, que cantaba hasta para respirar, la cantaba; y después fue Celia Cruz, en una versión que te sacude y te despierta; y hace poco Pancho Céspedes en una que estremece: la Negrita de la nana más cubana, me acompaña y me devuelve, a mis costumbres, a lo que soy.
Quizás por eso, siempre duermo en cubano.
No me importa en lo más mínimo que haya venido a parar acá, que Severino me haya dado la mala, porque hay historias que hay que sacárselas del pecho cuanto antes. Un beso y un abrazo para los dos,
R
Severino es de ambos Rafa… no te pongas celoso. A veces tuyo, a veces mío. Este tema me pertenecía… mi muñequita linda (la nana hermosa) es el precio del intercambio.
Severino es como Ley??? de los dos????
Más o menos 😉
después del Kramer vs Kramer…
jajajaja… que mala eres niña… mala!!!
Mi comentario no ha sido al cuento, muy chulo, sino a vuestro diálogo… 😉
Un pensamiento estupendo el tuyo el de regalarme esta canción.
Primero por la magia, segundo por el idioma… fue el primero extraño que aprendí 🙂
De este de la pantalla lagrimas o alma tambien mojaron mi rostro. Gracias por compartirlo.
El que se va lejos siempre recuerda… es el peor de los contras.
El gorrión (el pajarito de la nostalgia) siempre encuentra a los errantes.
Un gusto tu visita, espero que se repita.
Un abrazo,
Mar.