Éramos un grupo pequeño, de esos que se escapan de las multitudes. Y salimos a sumergirnos en ese río mágico que lleva por nombre Duaba.
Nos bañamos en un pedazo de historia– le conté a mi madre al regresar. Recorrimos las mismas piedras que pisaron hombres titanes y nos reímos a carcajadas con la noche inundándonos de recuerdos.
Luces vivas nos acompañaban en las orillas. Poco a poco, como salidos de un cuento de hadas, pequeños cocuyos salían, como estrellas fugaces, a llenarnos de verde las pupilas. Yo parecía una niña señalándolos. Y lamenté como tal no poder guardarlos. Antes, cuando por las vacaciones regresaba al Escambray, solía almacenar cocuyos en pomos de cristal y me iba muy contenta por las calles con mi tesoro de luz.
Esta vez, el tesoro fue el momento, el pomo el Duaba y los cocuyos el grupo de gente buena que me acompañaba. No tengo de qué quejarme… tuve mi cuota de luz.

Tengo pendiente un viaje al Cementerio Santa Ifigenia, creo que tal vez deba dilatar el viaje y pasarme por las otras provincias orientales.
Lindo post. Si programas como escribes debes ser MVP en tu empresa, 🙂
Jajajajaja, no tanto, no tanto 🙂