Una vez me preguntaste, con esa aura cínica que te sirve de escudo, que para qué servía un poeta en estos tiempos. Yo te prometí un texto. Iba a ser uno de esos textos largos que casi nunca escribo -la brevedad es una de las cosas que me caracteriza- y pretendía en él desarrollar toda una tesis acerca de la importancia de los poetas.
Increíblemente, lo terminé. En una de esas gavetas viejas de mi cuarto anda dando vueltas en un papel blanco (me hubiese encantado usar alguno amarillo), recordándome que te debo, así, con toda la implicación que conlleva una deuda, la respuesta.
(Des)Afortunadamente, mi memoria no es la que era antes -y eso que nunca fue muy buena- y siempre se me olvida recoger los regalos. Por lo que, si de mí depende, probablemente logre en el papel el color deseado.
Ahora bien, como usualmente he sido yo acreedora, sé que en ocasiones es necesario un adelanto… Aquí te va el mío:
Un poeta sirve para la esperanza. Sobre todo para no perderla.
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