El maquinista

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Iba de un cuerpo al siguiente con la velocidad de un tren japonés. Jamás se detenía en la misma parada y cambiaba de vagones como se cambia de camisa. Las pasajeras, al saberlo cerca, escondían sus cabezas detrás de periódicos nuevos y, como la técnica nunca funcionaba, los rieles se iban amontonando de boletines y rotativos viejos.

Hasta una noche de luna… El accidente fue tan ruidoso que incluso las estrellas se asomaron a ver el desastre.

Choque, pregonaron los noticieros. Amor, declararon los cuentacuentos.

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