Yasmani y Mateo, botella por medio, conversan sentados en una esquina sucia del barrio Almendares. Se conocen desde hace dos años, pero esta es la primera vez que comparten juntos. A los ojos de Yasmani, Mateo es un muchachito rico de Miramar que ha tenido la vida demasiado fácil: llega todos los días en carro a la universidad y su padre viaja a cada rato porque tiene un cargo importante en una firma. Sentado en el contén, su cabeza reproduce la película que vio el mes pasado en la que dos tipos se intercambian los cuerpos. Se da un trago largo y se imagina en la piel de Mateo.
– ¿Te acuerdas de Scorpion? — le pregunta este último sacándolo de su ensimismamiento.
– ¿Quién, el de Mortal Kombat?
– Sí, ese mismo, el del fuego.
– Claro asere, mira que yo tenía vicio con el personaje ese. Cada vez que jugaba lo elegía. Todo el mundo quería al fuertón ese… ¿cómo se llamaba?… mierda, si tenía el nombre en la punta de la lengua…
– ¿Sub-Zero?
– No, ese era el del hielo. Yo te digo el principal… el malo.
– Ah, tú me dices Shao Kahn.
– Sí, ese mismo. ¿Pero a qué viene la pregunta de Scorpion ahora, bróder?
Mateo lo mira como esquivando la respuesta y mientras piensa en cómo contestarle, enciende un cigarro. Le da una calada demorada y se queda estudiando cómo se va consumiendo la punta.
– Bueno asere, es que… la cosa es que yo tengo un fetiche con el personaje ese.
– No jodas, Mateo, cómo que un fetiche, ¡no me vengas a decir ahora que eres maricón!
Yasmani se revuelve incómodo mientras mira a Mateo esperando una objeción. Este se encoge de hombros.
– Que el ron no te dé por eso, asere. No son ni las once y mañana tenemos la prueba esa de Circuitos que viene durísima. El profe dejó como 25 ejercicios y yo no he resuelto ni los primeros 10. Si mami me coge en esto, me da una encendía… Fetiche ni fetiche. Si yo no supiera que tienes jeva, me asustaba.
Mateo vuelve a mirar su cigarro y suelta una carcajada vacía cargada de humo.
– No, socio, no es ese tipo de fetiche. Y no hemos estudiado nada porque tú me dijiste que comprara la botella, así que no te quejes tanto. Por cierto, ¿tu mamá sabe que estamos aquí?
– Claro loco. La pura no se mete en na’. Mientras no suspenda ella está contenta. Imagínate tú, soy el primer Valdés de la familia que entró a la universidad.
– ¿Y no le importa que te pongas a tomar en una esquina? La mía me mata si me ve en esto. Le tuve que meter tremendo cuento para que me dejara quedarme en tu casa. Y eso diciéndole que íbamos a estudiar toda la noche.
– Asere, ¿qué vuelta con tu pura? ¿No se da cuenta de que ya tú tienes 20 años?
Mateo se lleva la mano hasta la sien y dibuja un carrusel. Luego estrella su cigarro contra el piso.
– Mami se preocupa — termina por responder.
Yasmani agarra la botella y la vuelca sobre su garganta. Una parte del alcohol le salpica la camisa. Al devolverla, una gota que se escapa revive el cigarro de Mateo.
– No lo apagaste bien, socio. Así mismo cogió candela la bodega de la esquina. Estuvo ardiendo como 5 horas antes de que llegaran los bomberos. Dijeron después que fue un cigarro encendido que dejó el bodeguero cerca del aceite, pero Paco nunca ha fumado.
Mateo, sorprendido, mira a Yasmani como si nunca lo hubiera visto.
– ¿Y el fuego fue grande?
– Sí, loco, la peste a humo duró como dos días. Alégrate de haberte ido temprano ese día.
Mateo abre la boca, pero no articula sonido alguno. Vuelve a encender otro cigarro y murmura algo sobre Scorpion y el fuego en sus manos. Yasmani lo confronta:
– Socio, qué bolá contigo, ¿ahora te dicen el murmurador?
Con la mirada perdida en las volutas de humo, Mateo no responde, en su cabeza se proyecta la imagen de un fuego altísimo que se expande…
– Nada asere, pajarerías mías. Me hubiera gustado ver el incendio. ¿Sabías que mi tío se prendió candela en la sala de mi casa? Todavía en el piso está la mancha que dejó el plástico derretido de la chancleta.
Yasmani, hablador persistente, enmudece. De un tirón se levanta del piso con la botella en la mano. Mientras renuncia a la idea del cambio de cuerpos, se mete 3 buches del líquido ambarino. Solo entonces se atreve a mirar a Mateo. Desde el piso, este le devuelve el gesto a la vez que presiona con insistencia la clavija de su fosforera de nafta.
– Espero que hayan identificado la marca del puto cigarro — suelta el de Miramar por fin. Eso de que haya un pirómano suelto va a poner a mami muy nerviosa.
Bueno, finalmente has vuelto a escribir.
¡Bravo! 🚀